Existe una corriente de pensamiento ampliamente extendida, que consiste en opinar del trabajo ajeno. Como el que no quiere la cosa, la táctica es criticar de forma sistemática y mayormente infundada. Esto provoca dos cosas: primero que la tarea se eternice y segundo la degradación de la tarea en sí. ¡Ojo! Yo no digo que la crítica constructiva fundamentada en verdaderos motivos no sea necesaria, incluso imprescindible, pero sí ataco a cualquiera que se limite a criticar sin tener la menor idea.
La cultura del relativismo imperante, en la que todo el mundo puede opinar sobre cualquier cosa siendo siempre lícito y respetable, propicia la metastatización de la opinión libre. A mi modo de ver, no todo el mundo debe creer que su opinión es válida, para cualquier cosa. Se está perdiendo el “sentido común”. La sociedad ha perdido el respeto, o como mínimo el entendimiento de la dimensión de las cosas. Yo creo que todo el mundo debe aprender, debe crecer, debe experimentar y opinar. Pero para mí es tan importante aprender, como aprender lo que se aprende. La constatación general es que se ha perdido, prácticamente, ese saber que no sé nada. Yo, por ejemplo, sólo opino sobre lo que realmente tengo algo que decir, sino me callo y escucho. Pues bien saben los que me conocen que, igual que me gusta hablar cuando tengo algo que decir, me gusta escuchar cuando tengo algo que aprender.
Como soy de los que piensan que no todo vale, creo que el relativismo moral no ayuda a las ideas. Suficiente tenemos ya con tener que pensar, como para encima tener que luchar contracorriente. En este sentido, vivimos tiempos extraños. Ese todo vale, ese relativismo se ha implantado con fuerza. Suficiente fuerza como para que los fascistas renazcan y pretendan juzgar al demócrata, dentro de la democracia. O como para que veamos manifestaciones en contra de derechos, totalmente inocuos, para los demás. Una cosa que me impactó muchísimo fue cuando se implantó el matrimonio homosexual, golems animados manifestándose en contra de derechos ajenos. Realmente aquella temporada lo pasé mal. Porque por perderse, se ha perdido hasta la vergüenza de saber que lo que piensas puede, no siempre, ser egoísta o sectario.







