
Estoy vegetando enfrente del ordenador. Mi conciencia apenas dilatada pasa, por momentos, de un estado parecido a la vigilia a un estado de pasiva consciencia. Me cuesta despertarme, me cuesta reconocer el nuevo día. Una sucesión de momentos con un final oculto que no podré ver. No sé exactamente qué es la vida y tampoco sé qué es la muerte. Ando por el mundo sin saber nada de las dos cosas más importantes de mi existencia. Vivo en un estado gris que distorsiona lo que vivo en sí. Entonces me pregunto si en realidad soy consciente de mi vida, o por el contrario vivo un cuento. Sinceramente no lo sé. Quizás la cuestión, quizás lo importante, sea eso: vivir la vida como si fuera un sueño. De suceso en suceso, de trama a trama, como una sucesión de cortos animados que desenbocan, aunque el final sea el mismo, no siempre en un final.
Digo en “Más sobre mí” que me gusta hacer cosas. Es cierto. Pero para entender que hago cosas, primero debo entender que no hago nada. Que realmente la mayoría de las cosas que haga, si no su totalidad, no van a servir para nada. La vida es extraña, pero para una persona que no suele sorprenderse, reconozco que el surrealismo al que a veces me veo abocado supera toda elucubración posible. A veces me desanimo. Otras me desespero. Pero continúo adelante, o hacia algún lado. Puesto que la meta es lo de menos, lo que importa es estar en marcha. Machado dijo:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Acabo de darme cuenta de que Antonio llegó al punto de inflexión. Conocedor real del sentido de la vida, que no es otro que caminar. La vida no tiene sentido, se crea el sentido al andar. Todo lo que hagas, dejes de hacer, hables o calles, es en realidad un trozo onírico al que das forma. Al final lo que queda para todos, es el trozo, nada más. Un trozo que, con suerte, conservará la forma. Por eso, caminante no hay camino, sino estelas en la mar.